14.3.11

Necesito sentir tu piel


Me lo pediste con el corazón en la mano, con el deseo en todos los poros de tu cuerpo. Con la voz y con la mirada, con los dedos; lo sé.

Nos habíamos encontrado, como tantas veces. Pero en esta ocasión todo era distinto. Había sido después de.. y yo quería saber,deseaba hablar, conocer, preguntar
.
Porque lo que deseaba en el fondo era encontrar una razón, un motivo, justificar, intentar comprender, asimilar, masticar.



Todo aquello que había sucedido y que no tenía para mí, ningún sentido, a priori.

Pero era difícil encontrarlo, porque tampoco tenía, tiene ni tendrá sentido para ti.

Es simplemente una acción más de tu absurda forma de ser.

Y tras una larga charla, en aquella habitación, yo sentada en el borde de la cama, y tu en la silla, cerca ambos, con las manos enlazadas, y con presiones constantes de nuestros dedos, mientras hablábamos atropellándonos el uno al otro a veces, o escuchando en silencio otras, bañado el ambiente en lágrimas, en suspiros entrecortados, en lamentos… Tras todo eso, nuestras bocas se habían acercado, y nuestros labios empezaron un trémulo encuentro.



Un intercambio de besos cortos, primero, seguidos de golpes de boca, mezcla de rabia y pasión, de roces intensos, de juegos largos, de contacto constante, solo de nuestras bocas..



Esas bocas que tan bien saben acoplarse y decirse sin palabras. De sentirse, de transmitir todo, desde lo más ínfimo, hasta lo más sublime.

Y tras ello, sin soltarnos, nos habíamos puesto en pie. Tus brazos rodearon mi cuerpo, nos habíamos fundido en uno de aquellos abrazos que cortan la respiración, que atenazan, que oprimen, pero que dejan salir toda la presión contenida durante las últimas horas, y que ahora, se deslizaba fuera de nos.

Así, libres de esa angustia, nuestras células empezaban a volver a sentir ese deseo, ese amor intenso, esas ganas mutuas de compartir.

Y por eso me lo pediste . Porque en mis ojos leías el mismo deseo.

Porque no fuiste tú quien me desabrochó la ropa. Lo hice yo misma, mientras tú hacías lo propio con la tuya.

Y poco a poco, tan solo con el silencio roto por el roce de nuestras miradas sobre aquellas partes de nuestra piel que iban apareciendo a la vista, fuimos sintiendo crecer el deseo.